La digitalización ha transformado profundamente la forma en que las empresas desarrollan su actividad. La gestión de clientes, la comunicación interna, las operaciones financieras, el almacenamiento de documentos o la relación con proveedores dependen hoy, en mayor o menor medida, de sistemas informáticos conectados a internet. Esta evolución ha permitido mejorar la productividad y acceder a nuevas oportunidades de negocio, pero también ha incrementado la exposición a amenazas digitales que pueden comprometer el funcionamiento de cualquier organización. En este contexto, la ciberseguridad informática se ha consolidado como un elemento estratégico para garantizar la continuidad de la actividad empresarial y proteger uno de sus activos más valiosos: la información.
Hace apenas unos años, muchas pequeñas y medianas empresas consideraban que los ciberataques afectaban principalmente a grandes corporaciones o entidades financieras. Sin embargo, la realidad actual demuestra que cualquier negocio puede convertirse en objetivo de un incidente de seguridad. La automatización de numerosos ataques y la creciente sofisticación de las herramientas utilizadas por los ciberdelincuentes hacen que el tamaño de la organización deje de ser un factor determinante. Lo que realmente buscan los atacantes son sistemas vulnerables, configuraciones deficientes o usuarios que puedan facilitar, de manera involuntaria, el acceso a la infraestructura tecnológica.
La información constituye uno de los recursos más importantes para cualquier empresa. Bases de datos de clientes, historiales comerciales, documentación financiera, proyectos en desarrollo, contratos, diseños, estrategias de mercado o información técnica forman parte del patrimonio de muchas organizaciones. Por ello ,la pérdida, alteración o exposición no autorizada de estos datos puede afectar directamente a la competitividad del negocio, generar importantes perjuicios económicos y deteriorar la confianza de clientes, colaboradores e inversores.
La continuidad operativa es otro de los motivos que explican la creciente inversión en ciberseguridad. Una interrupción de los sistemas informáticos puede paralizar la actividad durante horas o incluso varios días, dependiendo del alcance del incidente. Empresas dedicadas al comercio electrónico, la logística, la fabricación industrial, los servicios profesionales o la atención sanitaria necesitan mantener disponibles sus plataformas para garantizar el funcionamiento normal del negocio. Cualquier interrupción prolongada puede traducirse en pérdidas económicas, incumplimientos contractuales y un deterioro significativo de la imagen corporativa.
La evolución del trabajo híbrido y del teletrabajo ha ampliado considerablemente la superficie de exposición de las empresas. El acceso remoto a aplicaciones corporativas, el intercambio de documentación desde diferentes ubicaciones y la utilización de múltiples dispositivos exigen adoptar medidas de protección adaptadas a esta nueva realidad. Garantizar que los empleados puedan trabajar con seguridad desde distintos entornos se ha convertido en uno de los principales retos de la gestión tecnológica.
Los servicios en la nube también han cambiado la manera en que las organizaciones almacenan y comparten información. Estas soluciones ofrecen importantes ventajas en términos de flexibilidad y escalabilidad, pero requieren una configuración adecuada y una correcta gestión de los permisos de acceso. La ciberseguridad no depende únicamente del proveedor tecnológico, sino también de las políticas internas que regulan quién puede acceder a cada recurso y en qué condiciones puede hacerlo.
Uno de los riesgos más habituales continúa siendo el fraude basado en la ingeniería social. En lugar de intentar vulnerar directamente los sistemas informáticos, muchos ataques buscan manipular a las personas para obtener información confidencial o provocar determinadas acciones. Correos electrónicos fraudulentos, mensajes que suplantan la identidad de proveedores o solicitudes aparentemente legítimas dirigidas al personal de la empresa forman parte de las técnicas más utilizadas. Por este motivo, la formación de los trabajadores desempeña un papel tan importante como las herramientas tecnológicas.
La concienciación del personal representa uno de los pilares fundamentales de cualquier estrategia de ciberseguridad. Los empleados utilizan diariamente ordenadores, teléfonos móviles, plataformas colaborativas y aplicaciones empresariales, por lo que conocer las buenas prácticas reduce considerablemente la probabilidad de sufrir un incidente. Aprender a identificar comunicaciones sospechosas, gestionar adecuadamente las credenciales de acceso o actuar correctamente ante comportamientos anómalos contribuye a reforzar la protección de toda la organización.
La gestión de contraseñas continúa siendo otro aspecto esencial. El uso de claves robustas, diferentes para cada servicio y complementadas mediante sistemas de autenticación multifactor reduce significativamente el riesgo de accesos no autorizados. Actualmente, muchas empresas incorporan gestores de contraseñas que permiten almacenar las credenciales de forma segura y facilitar su administración sin recurrir a prácticas poco recomendables, como reutilizar la misma contraseña en múltiples plataformas.
Las copias de seguridad constituyen igualmente una medida imprescindible para garantizar la recuperación de la actividad en caso de incidente. Disponer de respaldos actualizados, almacenados de forma segura y sometidos a verificaciones periódicas permite restaurar la información cuando se produce una pérdida de datos, un fallo técnico o un ataque informático. Sin una estrategia adecuada de respaldo, incluso una incidencia relativamente limitada puede tener consecuencias muy importantes para la continuidad del negocio.
La actualización permanente de los sistemas representa otra medida básica de protección. Los fabricantes de software publican regularmente mejoras destinadas a corregir vulnerabilidades detectadas y aumentar la seguridad de sus productos. Mantener aplicaciones, sistemas operativos y dispositivos actualizados reduce las posibilidades de que un atacante aproveche fallos conocidos para acceder a la infraestructura tecnológica de la empresa.
La segmentación de redes constituye una práctica cada vez más extendida en organizaciones de cualquier tamaño, de modo que separar diferentes áreas de la infraestructura informática limita la propagación de un incidente y facilita su contención. Si un atacante consigue comprometer un determinado sistema, la existencia de barreras internas dificulta que pueda desplazarse libremente hacia otros recursos críticos de la empresa.
Las soluciones de monitorización continua también han adquirido una importancia creciente, tal y como nos indican los informáticos de Omega 2001, quienes nos explican que analizar el comportamiento de la red, detectar actividades inusuales y generar alertas en tiempo real permite identificar posibles incidentes antes de que produzcan consecuencias graves. La capacidad de respuesta rápida resulta fundamental para minimizar el impacto de cualquier ataque y recuperar la normalidad en el menor tiempo posible.
La planificación previa marca una diferencia significativa cuando se produce un incidente de seguridad, por lo que disponer de protocolos claramente definidos facilita la coordinación entre los distintos departamentos implicados y permite actuar con rapidez para contener la situación. Saber quién debe intervenir, cómo aislar los sistemas afectados y qué procedimientos seguir para recuperar la actividad evita improvisaciones en momentos especialmente delicados.
La ciberseguridad también influye directamente en la reputación corporativa. Los clientes depositan cada vez más confianza en empresas capaces de proteger adecuadamente la información que gestionan, de manera que un incidente que comprometa datos sensibles o interrumpa la prestación de un servicio puede afectar negativamente a esa percepción y generar dudas sobre la capacidad de la organización para ofrecer un entorno seguro. Mantener elevados estándares de protección contribuye a fortalecer la credibilidad de la empresa y a consolidar relaciones comerciales más sólidas.
Además, la creciente incorporación de tecnologías basadas en inteligencia artificial, automatización y análisis avanzado de datos plantea igualmente nuevos desafíos. Estas herramientas generan importantes oportunidades de innovación, pero también exigen revisar continuamente las medidas de seguridad para adaptarlas a escenarios tecnológicos en constante evolución. La protección informática ya no puede entenderse como un conjunto de actuaciones puntuales, sino como un proceso permanente de mejora y adaptación.
Es por ello por lo que contar con profesionales especializados constituye otro factor decisivo para mantener un nivel adecuado de protección. Muchas empresas recurren a servicios externos capaces de evaluar riesgos, diseñar estrategias de defensa, supervisar la infraestructura tecnológica y responder ante posibles incidentes. Esta colaboración permite acceder a conocimientos altamente especializados y mantener actualizadas las medidas de seguridad frente a amenazas que evolucionan de manera constante.
Resulta igualmente importante comprender que la ciberseguridad no debe considerarse un gasto exclusivamente tecnológico. En realidad, representa una inversión destinada a proteger la continuidad del negocio, preservar la confianza de los clientes y garantizar la disponibilidad de los recursos que permiten desarrollar la actividad diaria. Una estrategia preventiva suele resultar mucho más eficiente que afrontar las consecuencias derivadas de un incidente grave.
¿Cuántos ataques informáticos recibieron las empresas españolas el año pasado?
Las cifras confirman que la actividad de los ciberdelincuentes continúa creciendo en España a un ritmo sostenido. Según el balance anual del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE), durante 2025 se gestionaron 122.223 incidentes de ciberseguridad, lo que supone un incremento del 26 % respecto al año anterior. Aunque estos datos incluyen tanto a ciudadanos como a empresas y entidades, reflejan con claridad una tendencia al alza que afecta de lleno al tejido empresarial español y que obliga a las organizaciones a convivir con un escenario de riesgo permanente.
Las estadísticas muestran además que el número de incidentes no solo aumenta, sino que también evoluciona en complejidad. Los ataques ya no buscan únicamente interrumpir el funcionamiento de una organización durante unas horas, sino obtener beneficios económicos, acceder a información con valor comercial o utilizar los sistemas comprometidos para lanzar nuevas campañas contra otras víctimas. La profesionalización de los grupos criminales ha dado lugar a estructuras organizadas que operan prácticamente como empresas, con reparto de funciones, herramientas especializadas y objetivos perfectamente definidos.
Entre todas las amenazas registradas durante el pasado año, el malware volvió a ocupar el primer lugar. INCIBE contabilizó 55.411 incidentes relacionados con programas maliciosos, una categoría que engloba virus, troyanos, spyware y otros códigos diseñados para infiltrarse en los equipos con diferentes finalidades. Este tipo de software puede permanecer oculto durante largos periodos, recopilar información, alterar el funcionamiento de los dispositivos o facilitar el acceso remoto de los atacantes sin que la empresa sea consciente de ello.
Dentro de esta categoría destaca especialmente el ransomware, una modalidad que continúa representando una de las mayores preocupaciones para cualquier organización. Durante 2025 se registraron 392 incidentes de este tipo gestionados por INCIBE. En estos ataques, los delincuentes bloquean el acceso a archivos o sistemas completos mediante cifrado y exigen posteriormente una cantidad económica para recuperar la información. En muchos casos, además del bloqueo, amenazan con publicar los datos obtenidos si la víctima no acepta sus exigencias, incrementando así la presión sobre la empresa afectada.
El fraude en línea constituye otra de las grandes categorías de ataques detectadas en España. El pasado año representó aproximadamente cuatro de cada diez incidentes registrados por INCIBE, alcanzando los 45.445 casos. Se trata de una modalidad especialmente diversa, ya que incluye numerosas técnicas destinadas a engañar tanto a empresas como a particulares con el objetivo de obtener dinero o información confidencial. Su crecimiento demuestra que los ciberdelincuentes siguen encontrando en la manipulación de las víctimas una vía especialmente rentable.
El phishing continúa siendo la técnica más utilizada dentro de ese tipo de fraudes. Solo durante 2025 se contabilizaron 25.133 casos. El procedimiento consiste en suplantar la identidad de entidades conocidas mediante correos electrónicos, páginas web o mensajes que aparentan ser completamente legítimos. El objetivo es inducir a la víctima a facilitar credenciales de acceso, datos bancarios u otra información sensible. La mejora constante en la calidad de estas campañas hace que incluso usuarios con experiencia puedan tener dificultades para distinguir un mensaje auténtico de uno fraudulento.
Otra amenaza que ha experimentado un crecimiento significativo es el robo de información. Durante el pasado año se registraron 3.849 incidentes relacionados con accesos no autorizados o sustracción de datos digitales, una cifra muy superior a la de ejercicios anteriores. Este tipo de ataques suele perseguir la obtención de bases de datos de clientes, documentación empresarial, información financiera o propiedad intelectual que posteriormente puede utilizarse para extorsionar a la organización, venderse en mercados clandestinos o facilitar nuevas acciones delictivas.
Los sistemas comprometidos para formar parte de redes de dispositivos controlados remotamente también continúan representando un problema importante. INCIBE señala que el 85 % de los equipos detectados dentro de estas redes correspondía a dispositivos inteligentes conectados a internet, como equipos multimedia u otros aparatos del denominado Internet de las Cosas. Aunque muchas empresas asocian los riesgos únicamente a los ordenadores de oficina, la realidad demuestra que cualquier dispositivo conectado puede convertirse en un punto vulnerable si no recibe un mantenimiento adecuado.
Los operadores considerados esenciales para el funcionamiento del país tampoco permanecen al margen de estas amenazas. Durante 2025 se gestionaron 401 incidentes que afectaron a este tipo de organizaciones, siendo los sectores bancario, del transporte, energético y financiero algunos de los más afectados. Estos datos reflejan que los ciberdelincuentes muestran un interés creciente por infraestructuras cuya interrupción puede generar un impacto especialmente relevante sobre la actividad económica y los servicios que recibe la ciudadanía.
Otro aspecto llamativo es el elevado número de sistemas vulnerables detectados de forma preventiva. INCIBE notificó la existencia de 237.028 sistemas con vulnerabilidades relevantes susceptibles de ser explotadas por atacantes. Esta cifra pone de manifiesto que muchas organizaciones mantienen servicios expuestos con configuraciones mejorables o programas pendientes de revisión, circunstancia que facilita la aparición de incidentes si esas debilidades no se corrigen a tiempo.
En paralelo al incremento de los ataques, también ha aumentado el número de consultas relacionadas con problemas de ciberseguridad. Durante 2025, la línea de ayuda 017 de INCIBE atendió más de 142.000 consultas, cerca de un 45 % más que el año anterior. Aproximadamente la mitad correspondieron a personas o entidades que buscaban prevenir riesgos antes de sufrir un incidente, mientras que la otra mitad solicitó ayuda después de haber sido víctima de algún problema relacionado con la seguridad digital.
La evolución de las amenazas también está estrechamente relacionada con la incorporación de nuevas tecnologías. Diversos especialistas advierten de que la inteligencia artificial está facilitando la automatización de campañas maliciosas, permitiendo generar mensajes fraudulentos más convincentes, identificar posibles víctimas con mayor rapidez y desarrollar herramientas capaces de adaptarse a distintos entornos tecnológicos. Aunque estas mismas tecnologías también fortalecen los sistemas defensivos, la capacidad de los delincuentes para aprovecharlas está acelerando la sofisticación de los ataques.

