La Rueda de la Violencia identifica el origen del maltrato psicológico en pequeños gestos cotidianos.

Maltrato psicológico

La Rueda de la Violencia, una síntesis del Proyecto Duluth, que se puso en marcha en EE.UU. a finales del siglo XX, se utiliza a día de hoy como herramienta para detectar casos de violencia psicológica hacia las mujeres y para poner en marcha planes de prevención contra la violencia machista.

La pareja es el ámbito en el que se desarrolla con más frecuencia la violencia contra la mujer. Un artículo publicado en el portal Elsevier señala que las humillaciones, las amenazas y el aislamiento, todas ellas manifestaciones de maltrato psicológico, suelen ser unas de las expresiones más habituales en los casos de malos tratos. Su presencia y consecuencias tienden a ser más graves y duraderas que las del maltrato físico.

Con motivo del 25N, Día Mundial por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, la Cruz Roja publicó en su revista digital Ahora un artículo hablando de este tipo de violencia, a la cual se refería como “La violencia que no se ve, pero que existe.”

Para ilustrar el artículo, el autor mencionó la historia de Nora, una de las protagonistas de Skam, una serie noruega sobre adolescentes que se emitió en Netflix. Nora es una chica inquieta, servicial, solidaria, que está presente desde el principio de la serie, pero que a finales de la segunda temporada termina teniendo una relación, con Mikel, uno de los chicos populares del instituto. La tercera temporada de la serie se centra en esa relación.

Lo que empiezan siendo pequeños detalles, aparentemente sin importancia, evolucionan hacia una relación tóxica. Mikel le exige a Nora que le dedique más tiempo, lo hace practicando el chantaje emocional. Le dice a Nora que no se toma en serio la relación. Poco a poco, Mikel logra que Nora se vaya alejando de sus amigos y de las actividades a las que dedicaba su tiempo. Mikel le obliga a bloquear a su antiguo exnovio y cuando Nora se revela, la humilla haciendo públicas algunas fotos íntimas que tenía en su poder.

Sobre estos patrones de comportamiento y sobre la evolución del maltrato psicológico trata la Rueda de la Violencia del Modelo Duluth.

El Modelo Duluth.

Tal y como indica Psicología Feminista, este modelo se inicia a principios de la década de los 80 en Duluth, una pequeña localidad del norte del Estado de Minnesota (EE.UU.) Nace ligado al movimiento feministas y a determinadas organizaciones comunitarias que buscan ayudar a víctimas de violencia de género.

Su trabajo de campo, ligado a la ayuda y asistencia a mujeres maltratadas, les lleva a sacar una serie de conclusiones que son revolucionarias en su momento. Una de estas conclusiones es que los malos tratos son un proceso gradual, no son hechos puntuales. La segunda es la detección de los malos tratos psicológicos, los cuales se encuentran en la base de toda relación de agresión a la mujer.

Hasta ese momento, la violencia contra la mujer se identificaba con la violencia física. Las situaciones de humillación o violencia verbal se consideraban rencillas propias del matrimonio.

Detrás de la violencia machista hay relaciones de poder y control. La persona que ejerce la violencia considera a la víctima como su propiedad y se reserva el derecho a decidir sobre determinados aspectos de su vida. Todo este proceso se da de manera gradual, pudiendo desembocar o no en violencia física. Un enfoque novedoso que ha costado décadas convertirlo en una referencia.

Todo comienza con pequeños gestos.

Los psicólogos de Canvis, un centro de psicología de Barcelona que, entre muchas de sus actividades, presta asistencia psicológica a víctimas de violencia de género, señalan en el blog de su página web que el maltrato psicológico suele iniciarse con pequeños gestos a los que las víctimas, su entorno y gran parte de la sociedad suelen restarle importancia.

Actuaciones como mirar los mensajes de WhatsApp que recibe la pareja en el móvil, espiar su actividad en Redes Sociales o reprenderle porque sale con los amigos o con los compañeros de trabajo alertan sobre un posible e incipiente caso de maltrato psicológico. Se está iniciando una relación de control.

Con frecuencia, la propia víctima suele justificar ese comportamiento. Lo achaca a que su pareja la quiere mucho, a que son pequeñas manifestaciones de celos, o a que tiene un carácter un poco posesivo.

Estos patrones de comportamiento suelen avanzar con el tiempo. El maltratador inicia discusiones con su pareja, va a buscarla a la salida del trabajo, o le hace luz de gas para hacerle sentir culpable.

Durante décadas todas estas manifestaciones se han quedado en el ámbito privado y doméstico, pero muchos estudios psicológicos, como el Modelo Duluth, han detectado patrones que permiten identificar el comienzo de situaciones de violencia contra la mujer.

El ciclo de la violencia.

La psicóloga norteamericana Lenore Walker sintetizó un sistema cíclico por el cual se da la violencia dentro de la pareja. Como explica la web Escuela de Atenas, son tres pasos que se repiten una y otra vez, cada vez de una manera más intensa. Estos tres pasos son:

  1. Acumulación de tensión. El maltratador potencial percibe una serie de comportamientos o cosas que no le gustan de su pareja y que le van irritando con el paso del tiempo. Con frecuencia, esta tensión se acumula por falta de comunicación con la pareja. Tratar las cuestiones de una manera sincera y acordar normas y límites sobre los que se basa la relación, pautas que no tienen que ser los que propone el que se presenta como agraviado, puede evitar que se acumule esta tensión.
  2. Explosión o descarga de la tensión. Toda esta tensión acumulada explota en un episodio de violencia. Puede ser a través de una discusión acalorada, montando una escena en público o llegando a la violencia física. Por lo general, como se dice popularmente, la gota colma el vaso. Pero no es el último acontecimiento el que ha propiciado la explosión de violencia, sino toda la tensión acumulada que hay detrás.
  3. La luna de miel. Después de la tempestad viene la calma. Pasado un tiempo, a veces unas horas, en ocasiones días, el agresor pide perdón y dice arrepentirse. La víctima lo acepta y parece como si se unieran aún más, cuando lo que se ha hecho es normalizar esta conducta.

El problema es que esta dinámica suele entrar en un círculo vicioso en el que los episodios de violencia son cada vez más agresivos y menos distantes en el tiempo.

Las cuatro fases. 

Partiendo de la Rueda de la Violencia del Modelo Duluth, los psicólogos de Canvis reconocen que se suelen repetir una serie de patrones en la mayoría de casos de malos tratos. Patrones que se pueden resumir en 4 fases:

  1. Fase de la intimidación. El agresor pretende generar miedo en la víctima por medio de gestos y acciones amenazantes. Con esto le está dando a entender que se siente molesto y que puede infringirle algún daño. Pueden ser acercamientos intimidatorios, miradas amenazadoras, cambios bruscos de comportamiento, subidas de tono de voz, romper objetos, etc. Con este comportamiento, normalmente la víctima modifica su conducta para evitar el conflicto.
  2. Abuso emocional. Una vez que el maltratador ha comprobado que ejerce poder sobre la víctima, pasa a humillarla directamente. Lo hace por medio de insultos, burlas, bromas pesadas en público, desprecios. La intención es dejarla continuamente por debajo de él.
  3. Fase de aislamiento. En esta fase, lo que persigue el agresor es aislar a la víctima de su entorno de apoyo. Alejarla de la familia, de los amigos, impedirle que lleve vida social fuera del hogar, de manera que se sienta indefensa, sometida y dependiente.
  4. Negación, minimización y culpabilización. Llegado a este punto, el maltratador pretende que la víctima dude de sus sentimientos. Que se sienta culpable. Ante los ojos de la víctima, el agresor queda total o parcialmente eximido. La persona agredida piensa que ella es responsable de que su pareja se comporte así.

Toda esta dinámica se puede agravar cuando hay hijos de por medio o cuando hay una situación de dependencia económica con respecto a la pareja.

La violencia vicaria.   

Un fenómeno que ya existía, pero al que se le está prestando una atención especial en los últimos años, es el de la violencia vicaria. Esta violencia, que consiste en utilizar los hijos para causar daño a la madre, está íntimamente relacionada con la violencia psicológica de la que estamos hablando.

Amnistía Internacional alerta de que la violencia vicaria es un problema social grave en nuestro país. Desde el 2013 hasta la actualidad, 66 niños y niñas han sido asesinados por violencia vicaria. La muerte solo es la punta del iceberg. Detrás de este crimen se esconde toda una serie de actuaciones que utilizan a los niños, pero que, no nos olvidemos, la agresión va dirigida a la madre. Es golpear donde más duele.

En casos de divorcio, amenazar con quitar la custodia de los niños a la madre o en los fines de semana o vacaciones en los que el padre se queda con los niños, no devolverlos a la hora acordada, es una manifestación de violencia vicaria.

También es un ejemplo de este tipo de violencia cuando el padre aprovecha las visitas a sus hijos para enfrentarlos a la madre o cuando los manipula emocionalmente para obtener información privada sobre su expareja. Estos son comportamientos más habituales de lo que pensamos.

Violencia económica.

En la actualidad, en la mayoría de los divorcios, la guardia y custodia de los niños suele recaer en la madre. De repente, la madre tiene que encargarse en solitario del mantenimiento e intendencia de los hijos, cosa que antes hacía conjuntamente la pareja.

El padre está obligado a pagar una pensión alimentaria como expresión de sus responsabilidades paternas. No pagar esta pensión es un tipo de violencia de género.

El impago de la pensión alimentaria está extendido en nuestro país. El periódico Newtral subraya que la última Macroencuesta sobre Violencia contra la Mujer realizada por el Ministerio de Igualdad arroja el dato de que el 11,5% de las encuestadas reconocen haber sufrido violencia económica en algún momento de su vida.

Este impago tiene efectos materiales directos. Puede llegar a complicar el mantenimiento del hogar en el que viven los niños. Pero de manera colateral crea una tensión en la madre que puede llegar a causarle ansiedad.

No se puede generalizar, pero en ocasiones este impago se realiza de manera consciente. El padre tiene medios para atender sus responsabilidades, pero no lo hace para provocar dificultades a la madre.

Aunque aún no se han tomado medidas firmes para atajar la violencia económica, este es un tema que se está empezando a considerar en ámbitos políticos y legislativos.

Aprender a identificar patrones.

Desde mi punto de vista es importante señalar que la violencia contra las mujeres es un problema estructural de la sociedad. El patriarcado, al que se hace referencia con frecuencia para explicar este y otros fenómenos que afectan de manera negativa a las mujeres, es un modelo de organización social que lleva instaurado miles de años.

La violencia contra las mujeres no es fruto del comportamiento aislado de hombres posesivos y controladores, que puede ser que los haya, sino de relaciones de poder y propiedad que se dan en el conjunto de la sociedad y que se transfieren al ámbito de la pareja.

Cuando estas relaciones de dominación asoman en forma de gestos, es necesario atajarlos de inmediato. Trazar una línea de fuego sobre lo que se debe aceptar o no dentro de la pareja. Partiendo de la igualdad entre los dos y de una  relación de cariño y respeto.

Herramientas como la Rueda de la Violencia nos advierten de situaciones de agresión que se pueden ir fraguando en el seno de la pareja y permiten identificarlas para evitar que vayan en aumento.

En un momento, como el actual, en el que hay una gran sensibilidad social frente a la violencia machista, acotar la violencia psicológica contra las mujeres es un paso importante.

 

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