Cuando el trabajo nos supera: cómo reconocer que el estrés está afectando a nuestro bienestar

Hay semanas en las que parece que el trabajo ocupa prácticamente todo nuestro espacio mental. Terminamos la jornada, cerramos el ordenador o salimos del lugar en el que trabajamos, pero nuestra cabeza continúa repasando tareas pendientes, conversaciones, correos que tenemos que responder y problemas que tendremos que resolver al día siguiente. Tener momentos de mayor presión forma parte de muchas profesiones y sentir cierto estrés ante una situación complicada no significa necesariamente que exista un problema, pero la situación cambia cuando esa sensación deja de ser puntual y empieza a acompañarnos casi todos los días.

El estrés puede afectar tanto a nuestra mente como a nuestro cuerpo. La Organización Mundial de la Salud explica que puede dificultar la relajación y la concentración, además de relacionarse con irritabilidad, problemas para dormir, dolores de cabeza, molestias físicas y cambios en el apetito. Cuando se mantiene durante demasiado tiempo, también puede terminar interfiriendo en nuestra vida cotidiana. Esto explica por qué no deberíamos pensar en el estrés laboral únicamente como estar muy ocupados durante unas semanas.

Lo complicado es que muchas veces nos acostumbramos progresivamente a vivir de esta manera. Empezamos contestando algún correo fuera del horario laboral, después dejamos de desconectar durante las comidas y finalmente podemos encontrarnos pensando en el trabajo incluso cuando intentamos descansar. Reconocer esos cambios puede ayudarnos a preguntarnos qué está ocurriendo y qué podemos modificar antes de que el malestar termine ocupando una parte demasiado grande de nuestra vida.

Estar cansados después de trabajar no significa necesariamente tener estrés laboral.

Todos podemos terminar agotados después de una jornada especialmente intensa. Una reunión importante, una entrega complicada, un problema inesperado o varios días con más trabajo de lo habitual pueden provocar cansancio y preocupación. En muchas ocasiones, esa tensión disminuye cuando termina aquello que la estaba provocando y conseguimos recuperar nuestro ritmo habitual. El problema aparece cuando pasan los días y seguimos sintiéndonos desbordados aunque no exista una situación excepcional que explique esa sensación.

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo define el estrés laboral como una respuesta física y emocional relacionada con un desequilibrio entre las exigencias que percibimos y nuestra capacidad para hacerles frente. Entre los factores que pueden contribuir a esta situación se encuentran la sobrecarga de trabajo, la falta de control sobre las tareas, los plazos ajustados o un ritmo demasiado elevado. También destaca la importancia del apoyo que recibimos de compañeros y superiores. Por tanto, no todo depende de nuestra capacidad individual para organizarnos o soportar la presión.

Me parece importante esta diferencia porque existe cierta tendencia a considerar que una persona estresada simplemente necesita organizarse mejor. Algunas veces podremos mejorar nuestra planificación, pero otras tendremos delante una cantidad de trabajo que resulta difícil asumir, horarios que apenas permiten descansar o situaciones laborales sobre las que tenemos muy poco control. Intentar solucionar únicamente desde nuestra actitud un problema relacionado con las condiciones de trabajo puede terminar generando todavía más frustración.

Nuestro cuerpo puede empezar a avisarnos antes de que seamos conscientes.

El estrés no siempre comienza con una sensación evidente de estar completamente desbordados. Algunas personas empiezan a notar primero cambios físicos que aparentemente no relacionan con el trabajo. Podemos levantarnos cansados aunque hayamos pasado suficientes horas en la cama, sufrir tensión muscular con mayor frecuencia, tener dolores de cabeza o notar molestias digestivas. Ninguno de estos síntomas demuestra por sí solo que exista estrés laboral, ya que pueden aparecer por numerosos motivos, pero merece la pena prestarles atención cuando coinciden con una etapa de mucha presión.

Dormir también puede convertirse en una buena referencia. Quizá consigamos dormirnos, pero nos despertemos pensando en aquello que tenemos pendiente. O puede ocurrir que nos cueste conciliar el sueño porque nuestra cabeza continúa repasando situaciones del día. El problema es que dormir peor puede hacer que afrontemos la jornada siguiente con menos energía y paciencia, mientras que esa jornada vuelve a aumentar nuestra preocupación. Poco a poco podemos entrar en una dinámica de la que resulta difícil salir simplemente esperando al fin de semana.

Por supuesto, no deberíamos atribuir automáticamente cualquier dolor o problema físico al estrés. Si existe un síntoma persistente, intenso o preocupante, corresponde valorar sus posibles causas con un profesional sanitario. Lo importante en este contexto es comprender que nuestro bienestar físico y emocional no funciona como dos mundos completamente separados. Una temporada prolongada de tensión puede coincidir con cambios en cómo dormimos, descansamos, comemos o nos sentimos durante el día.

La irritabilidad y la dificultad para concentrarnos también pueden darnos pistas.

No siempre reconocemos el estrés porque estamos esperando una señal demasiado evidente. Quizá pensamos que una persona estresada tiene que encontrarse permanentemente nerviosa, cuando en realidad las manifestaciones pueden ser bastante diferentes. Una de ellas es la irritabilidad. Situaciones que anteriormente solucionábamos sin demasiada dificultad pueden empezar a molestarnos mucho más y una interrupción pequeña puede parecernos enorme cuando llevamos horas intentando terminar una acumulación interminable de tareas.

También podemos notar que nuestra capacidad de concentración ha cambiado. Leemos varias veces el mismo correo antes de comprenderlo, empezamos una tarea y rápidamente saltamos a otra, olvidamos pequeños compromisos o tardamos demasiado en tomar decisiones sencillas. El INSST incluye precisamente entre las posibles manifestaciones cognitivas del estrés las dificultades para concentrarse, recordar, aprender cosas nuevas y tomar decisiones. Paradójicamente, cuanto más necesitamos rendir porque tenemos mucho trabajo, más difícil puede resultarnos mantener la atención.

Fuera del trabajo también podemos notar las consecuencias. Llegamos a casa y tenemos menos paciencia, rechazamos planes porque estamos demasiado cansados o pasamos una cena pensando en lo que tendremos que hacer al día siguiente. Cuando esto ocurre de manera ocasional, probablemente no tenga demasiada importancia. Si se convierte en nuestra forma habitual de vivir, puede ser conveniente preguntarnos cuánto espacio está ocupando realmente el trabajo y si estamos consiguiendo recuperarnos entre una jornada y la siguiente.

Hay algunas señales que merecen la pena observar en nuestro día a día.

Cada persona responde de una manera diferente ante la presión y no existe una lista que permita determinar automáticamente si tenemos un problema de estrés laboral. Aun así, observar ciertos cambios puede ayudarnos a entender mejor cómo nos encontramos. Más que fijarnos en un día concreto, resulta útil pensar en la frecuencia con la que aparecen estas situaciones y en cuánto están interfiriendo en nuestra vida cotidiana.

Entre las señales que podemos observar se encuentran:

  • Tener dificultades frecuentes para desconectar después de terminar la jornada.
  • Pensar constantemente en las tareas pendientes
  • Sentir irritabilidad ante situaciones que antes manejábamos con normalidad.
  • Dormir peor durante periodos de mucha carga laboral
  • Notar dificultades para concentrarnos o tomar decisiones.
  • Llegar al final de la jornada con una sensación constante de agotamiento.
  • Perder las ganas de realizar actividades que antes disfrutábamos.
  • Sentir que nunca terminamos realmente nuestro trabajo.

La presencia aislada de alguna de estas situaciones no significa necesariamente que tengamos un trastorno ni debería utilizarse como un autodiagnóstico. Lo que podemos hacer es observar si se repiten, desde cuándo ocurren y cómo afectan a nuestra vida. Llevar durante unos días un pequeño registro de cómo nos sentimos al terminar la jornada, cómo dormimos y qué situaciones nos generan mayor tensión, incluso puede ayudarnos a identificar patrones que antes nos pasaban desapercibidos.

No necesitamos esperar a encontrarnos completamente desbordados para pedir ayuda.

Una de las dificultades que aparecen cuando hablamos de bienestar psicológico es que algunas personas esperan hasta sentirse realmente mal antes de plantearse buscar ayuda. Podemos pensar que nuestro problema todavía no es suficientemente importante, que deberíamos solucionarlo por nuestra cuenta o que simplemente necesitamos aguantar hasta que termine una determinada etapa. En ocasiones la situación efectivamente mejora, pero otras veces las semanas pasan y seguimos esperando ese momento de tranquilidad que nunca termina de llegar.

Según cuentan los profesionales de HAYA Psicólogos, el estrés laboral puede relacionarse con agotamiento, ansiedad e insomnio, mientras que la ansiedad también puede terminar dificultando la concentración y la toma de decisiones durante nuestra actividad cotidiana. Desde el centro diferencian además el estrés, que suele estar relacionado con situaciones concretas, de la ansiedad, que puede continuar incluso cuando aquello que la desencadenó ya ha desaparecido. Esta distinción nos ayuda a comprender que no todas las situaciones son iguales y que, cuando el malestar persiste o limita nuestra vida, puede ser conveniente valorar lo que está ocurriendo.

Buscar apoyo tampoco significa que necesariamente tengamos que abandonar nuestro empleo o realizar cambios drásticos inmediatamente. Un profesional puede ayudarnos a analizar qué situaciones están generando mayor malestar, cómo estamos respondiendo ante ellas y qué herramientas podemos desarrollar para afrontarlas. Al mismo tiempo, cuando el origen se encuentra en unas condiciones laborales desfavorables, también será importante identificar qué aspectos de la organización o del trabajo deberían modificarse en lugar de trasladar toda la responsabilidad a la persona.

Desconectar después de trabajar también forma parte del descanso

Salir del trabajo no siempre significa dejar de trabajar. Los teléfonos móviles y los ordenadores nos permiten consultar mensajes desde prácticamente cualquier lugar y eso puede hacer que la frontera entre nuestra jornada y nuestro tiempo personal resulte cada vez menos clara. Podemos estar viendo una película y revisar una notificación laboral, cenando y respondiendo un correo o pensando durante todo el domingo en aquello que tendremos que resolver el lunes.

Crear límites puede resultar complicado, especialmente en determinados puestos, pero pequeñas decisiones pueden ayudarnos. Cuando nuestras responsabilidades lo permitan, podemos evitar revisar constantemente el correo fuera de horario, separar las aplicaciones laborales de las personales o establecer una pequeña rutina que marque el final de la jornada. Para algunas personas será salir a caminar, para otras hacer deporte, cocinar, leer o simplemente cambiar de espacio y dedicar un rato a una actividad que no tenga ninguna relación con el trabajo.

Tampoco deberíamos convertir el descanso en otra obligación que tengamos que cumplir perfectamente. No necesitamos llenar nuestro tiempo libre con actividades productivas para demostrar que lo estamos aprovechando. Algunas veces descansar significa precisamente no hacer demasiado. Si llegamos agotados después de una semana complicada, permitirnos recuperar energía sin sentir que deberíamos estar haciendo algo más también puede formar parte de una relación más saludable con nuestro tiempo.

El problema no siempre se soluciona aprendiendo a soportar más presión

Cuando hablamos de estrés aparecen consejos relacionados con hacer ejercicio, organizar nuestra agenda o utilizar técnicas de relajación. Estas herramientas pueden ser útiles, pero no deberían hacernos olvidar las condiciones que están provocando el problema. Si tenemos continuamente una carga de trabajo difícil de asumir, organizarnos mejor puede no ser suficiente.

Entre los factores que pueden afectar a nuestro bienestar encontramos los ritmos excesivos, los horarios demasiado prolongados, la falta de control sobre las tareas, el escaso apoyo de compañeros o superiores y los conflictos laborales. Cuando estas situaciones se mantienen durante demasiado tiempo, afrontar cada jornada puede resultar cada vez más complicado. Por eso nuestro bienestar no depende únicamente de nuestra capacidad para soportar la presión.

También conviene observar nuestro entorno y preguntarnos si tenemos una cantidad razonable de tareas, si conocemos bien nuestras responsabilidades, si podemos pedir ayuda cuando la necesitamos y si existe una buena comunicación dentro del equipo. Estas preguntas pueden ayudarnos a diferenciar aquello que podemos cambiar individualmente de lo que necesita cambios dentro del propio trabajo.

Reconocer que algo no va bien puede ser el primer cambio importante

A veces continuamos funcionando durante meses porque aparentemente conseguimos cumplir con todo. Llegamos a las reuniones, entregamos el trabajo y respondemos los mensajes, pero hacerlo puede estar costándonos cada vez más esfuerzo. El hecho de seguir siendo productivos no significa necesariamente que nos encontremos bien. Podemos estar cumpliendo con nuestras responsabilidades mientras nuestro descanso, nuestro estado de ánimo o nuestras relaciones personales empiezan a deteriorarse.

Por eso puede ser útil observar nuestra situación con cierta perspectiva. Podemos preguntarnos cómo nos sentíamos hace unos meses, qué ha cambiado, cuánto tiempo llevamos durmiendo peor o cuándo fue la última vez que terminamos una jornada y conseguimos olvidarnos realmente del trabajo. No necesitamos responder perfectamente a todas estas preguntas. Su utilidad está en ayudarnos a detectar si estamos atravesando una semana complicada o si hemos normalizado una situación de malestar que lleva demasiado tiempo acompañándonos.

El trabajo ocupa una parte importante de nuestra vida, pero no debería ocuparla por completo. Tener épocas intensas es normal y no podemos eliminar cualquier situación de presión, pero sí podemos prestar atención cuando esa presión comienza a afectar de manera continuada a nuestro descanso, nuestra concentración, nuestras relaciones o nuestra salud. Reconocerlo no significa que hayamos fracasado al gestionar nuestras responsabilidades. Significa que estamos prestando atención a nuestro bienestar y que quizá ha llegado el momento de cambiar algunas cosas, pedir apoyo o buscar ayuda profesional si sentimos que la situación nos está superando.

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